dissabte, 2 de maig del 2026

Europa no puede defender el bien común sin poder económico

 El bien común solo es viable si se inserta en una arquitectura de competencia, capacidad estatal, disciplina regulatoria e incentivos. 

El paquete Ómnibus I funciona como prueba de realidad: incluso la UE ha tenido que corregir la sostenibilidad cuando genera cargas que dañan competitividad.

Sin arquitectura, el bien común es sacrificio unilateral

Tirole, Mazzucato y la prueba geoeconómica de Europa

El resurgimiento del discurso sobre una economía del bien común no ocurre en el vacío. Coincide con tres procesos simultáneos: el deterioro del orden liberal internacional, el ascenso de la competencia sistémica entre grandes bloques y la revisión europea de su propio marco regulatorio en sostenibilidad. La pregunta ya no es solo si la economía debe orientarse hacia la justicia, la igualdad, la sostenibilidad y la solidaridad global. La pregunta decisiva es otra: ¿puede una economía del bien común sobrevivir sin poder económico, sin capacidad institucional y sin incentivos bien diseñados?

Las propuestas normativas de John Rawls, Amartya Sen, Christian Felber y, parcialmente, Mariana Mazzucato son necesarias, pero insuficientes si no se integran en una arquitectura real de poder económico e institucional.

 Rawls explica por qué una sociedad necesita legitimidad y justicia; Sen aclara qué significa realmente el bienestar humano; Felber ofrece una brújula moral útil; Mazzucato recuerda que sin capacidad pública no hay transformación estructural.

 Pero Jean Tirole introduce la prueba de realidad: incentivos, competencia, información imperfecta, captura regulatoria, fallos del Estado y efectos no deseados.

La tesis central es esta:

El bien común no puede sustituir a la arquitectura de poder; solo puede humanizarla.

Dicho de forma más política: Europa no puede permitirse una economía del bien común sin poder económico. Si lo intenta, el coste de esa moralidad lo pagarán unilateralmente sus empresas, sus trabajadores y su base industrial.


1. El regreso del bien común en un mundo menos liberal

Durante décadas, buena parte del discurso económico dominante descansó sobre una premisa: los mercados, con suficiente apertura, competencia y estabilidad macroeconómica, tenderían a producir eficiencia, crecimiento y convergencia. El Estado debía corregir fallos puntuales, garantizar reglas básicas y evitar excesos fiscales. Esa visión ha sido erosionada por la crisis financiera, la pandemia, la guerra en Ucrania, la crisis energética, la rivalidad tecnológica y la creciente percepción de vulnerabilidad industrial.

En ese contexto aparece el nuevo Consejo Global para una Economía del Bien Común, impulsado por Mariana Mazzucato y Carlos Cuerpo. Según UCL, el Consejo fue lanzado en Barcelona el 18 de abril de 2026, con el objetivo de cuestionar supuestos económicos que han guiado presupuestos, instituciones y políticas públicas, y de formular principios con implicaciones prácticas para el diseño de políticas, la práctica institucional y la reforma multilateral. Su marco se organiza explícitamente alrededor de cuatro principios: justicia, igualdad, sostenibilidad y solidaridad global.

La ambición es relevante. Reabre una cuestión esencial: la economía no puede reducirse a eficiencia asignativa, disciplina presupuestaria o crecimiento agregado. Debe responder también a quién se beneficia, quién soporta los costes, qué capacidades humanas se desarrollan y qué bases ecológicas se preservan.

Pero ahí empieza el problema. 

En un mundo sin nuevo Bretton Woods, sin autoridad supranacional capaz de imponer reglas vinculantes y con potencias que compiten mediante política industrial, tecnología, finanzas y control de cadenas críticas, el bien común no puede formularse como si existiera una comunidad política global con reciprocidad suficiente. No existe. 

Hay interdependencia, pero no gobierno común; hay normas, pero no soberanía mundial; hay objetivos climáticos, pero no simetría estratégica.

Por eso la economía del bien común solo puede funcionar si se inserta en una fórmula más sólida:

mínimos globales comunes + adaptación nacional + gobernanza policéntrica + auditoría independiente + deliberación democrática + incentivos bien diseñados + conexión vinculante con presupuestos, finanzas, regulación y política industrial.

Sin esa arquitectura, el bien común queda reducido a lenguaje moral.


2. Rawls, Sen, Felber y Mazzucato: lo que aportan y lo que no resuelven

Rawls aporta el fundamento de legitimidad. Una sociedad justa no puede organizarse únicamente alrededor de la eficiencia, porque necesita reglas aceptables para quienes quedan peor situados. Su valor para el debate europeo es claro: sin justicia distributiva, sin percepción de equidad y sin protección de los perdedores de la globalización, el contrato social se deteriora.

Sen desplaza la atención desde la renta hacia las capacidades. El bienestar no consiste solo en consumir más, sino en poder vivir una vida valiosa: educarse, cuidar la salud, participar, trabajar con dignidad, tener seguridad material y desarrollar autonomía. Su enfoque es imprescindible para evitar que el PIB o la competitividad oculten sociedades internamente frágiles.

Felber, desde la Economía del Bien Común, ofrece una brújula moral para evaluar empresas e instituciones según dignidad humana, solidaridad, justicia social, sostenibilidad y democracia. Su utilidad está en recordar que los balances financieros no capturan todo el valor social.

Mazzucato introduce una dimensión más estructural: sin Estado capaz de invertir, coordinar y orientar mercados, las grandes transiciones no ocurren. Su economía de misiones es especialmente útil para pensar energía, salud, agua, vivienda, transición ecológica e innovación. La idea de que el Estado no solo corrige mercados, sino que también puede darles forma, está en el centro del nuevo Consejo Global.

Pero los cuatro enfoques tienen un límite común: funcionan mejor en entornos donde existe una base institucional compartida, cierta reciprocidad y un espacio político relativamente controlable. 

El mundo actual se parece cada vez menos a eso.

China no compite como un mercado normal. Estados Unidos tampoco actúa ya solo como árbitro liberal. La empresa vuelve a ser instrumento de poder nacional. La política industrial y comercial ya no son excepciones: son la normalidad.

En ese contexto, Rawls corre el riesgo de quedarse en justicia sin poder; Sen, en capacidades sin base material suficiente; Mazzucato, en misión sin suficiente disciplina microeconómica; Felber, en ética sin arquitectura. 

El bien común puede decirnos hacia dónde queremos ir, pero no garantiza que tengamos los medios, los incentivos ni la posición estratégica para llegar.


3. Tirole: el bien común como diseño institucional

Jean Tirole es más sólido para este debate no porque tenga una visión moral más elevada, sino porque entiende mejor el paso de los valores a la implementación. Su punto de partida es incómodo pero fundamental: no basta con tener fines nobles; hay que diseñar instituciones e incentivos que no produzcan efectos perversos.

Tirole recibió el Nobel de Economía en 2014 por su análisis del poder de mercado y la regulación, especialmente en industrias dominadas por pocas empresas poderosas. El Nobel subrayó que su contribución fue clarificar cómo entender y regular sectores con poder de mercado. Su libro Économie du bien commun fue publicado en francés en 2016 y apareció en inglés como Economics for the Common Good en 2017.

Su intuición central es superior para el mundo actual:

El problema no es mercado versus Estado. El problema es cómo diseñar reglas que alineen incentivos privados con fines colectivos.

Esto permite evitar dos ingenuidades simétricas. 

La primera es creer que el mercado sin reglas producirá espontáneamente bien común.

 La segunda es creer que el Estado, por declarar una misión noble, producirá buenos resultados. Tirole desconfía tanto del laissez-faire como del intervencionismo ingenuo.

Su fortaleza está en cuatro puntos.

Primero, no confunde intención con resultado. Una política puede perseguir justicia y acabar generando paro, rentas de situación, captura regulatoria, menor innovación o pérdida de competitividad.

Segundo, incorpora la asimetría de información. Los reguladores no siempre saben lo que saben las empresas; las empresas pueden ocultar costes, manipular métricas o capturar el diseño normativo.

Tercero, reconoce los fallos del Estado. Una política pública puede ser capturada por grupos de interés, burocratizarse, generar incentivos perversos o sobrevivir aunque ya no funcione.

Cuarto, obliga tanto a la derecha como a la izquierda a justificar empíricamente sus medidas. No basta con invocar “libertad de mercado” ni “bien común”. Hay que demostrar mecanismos, costes, incentivos, efectos de segundo orden y resultados verificables.

Por eso Tirole es más robusto cuando el debate pasa del plano moral al terreno de la política económica concreta.


4. La prueba europea: el paquete Ómnibus I

El paquete Ómnibus I de la Unión Europea es la prueba empírica más importante de esta tesis. Durante años, la UE construyó un marco ambicioso de sostenibilidad empresarial mediante la CSRD, la CSDDD y la Taxonomía. El objetivo era legítimo: hacer visible el impacto ambiental y social de las empresas, mejorar la diligencia debida y orientar capital hacia actividades sostenibles.

Pero la propia Comisión Europea terminó reconociendo que el diseño podía generar cargas excesivas. En febrero de 2025, la Comisión adoptó un paquete de simplificación que cubría finanzas sostenibles, CBAM e inversión, dentro de un compromiso general de reducir cargas administrativas un 25% para todas las empresas y un 35% para las pymes.

En sostenibilidad, el cambio fue sustancial. El paquete Ómnibus propuso retirar alrededor del 80% de las empresas del ámbito de la CSRD, limitar obligaciones de Taxonomía a las mayores compañías, revisar estándares de reporte, evitar que las grandes empresas trasladen cargas excesivas a pymes de sus cadenas de valor y posponer dos años ciertos requisitos de información. La Comisión estimó además que los cambios en CSRD y ESRS podrían reducir costes administrativos en unos 4.400 millones de euros anuales.

Esto no es una simple corrección técnica. Es una admisión política: la sostenibilidad mal diseñada puede convertirse en desventaja competitiva.

La pregunta tirolesa aparece con toda su fuerza:

¿Cómo evitar que una política bienintencionada produzca el efecto contrario?

Si la sostenibilidad europea aumenta costes, complejidad y carga administrativa mientras competidores sistémicos subsidian industria, controlan cadenas críticas y escalan tecnologías estratégicas, entonces el bien común puede transformarse en sacrificio unilateral. Las empresas europeas soportan obligaciones que sus rivales no asumen; los trabajadores europeos pagan la pérdida de competitividad; la base industrial se erosiona; y la legitimidad de la transición ecológica se debilita.

El Ómnibus I muestra que la UE está intentando corregir ese riesgo. Su mensaje implícito es tirolesco: los objetivos normativos necesitan diseño institucional, proporcionalidad, incentivos y evaluación de impacto.


5. El bien común bajo competencia sistémica

El mundo actual ya no está organizado por la hipótesis optimista de la globalización liberal. Está organizado por competencia sistémica. China compite mediante una arquitectura que integra Estado, financiación, industria, tecnología, información, diplomacia económica y estrategia exterior. La UE, en cambio, suele responder de forma fragmentada: país por país, sector por sector, expediente por expediente.

El problema no es solo que China exporte más. Es que compite con un modelo completo: escala industrial masiva, crédito dirigido, gobiernos locales movilizados, cadenas de suministro integradas, presión exportadora, control de tecnologías críticas y capacidad de soportar márgenes bajos durante periodos prolongados. 

La preocupación europea por la sobrecapacidad china ha crecido especialmente en sectores industriales y tecnologías limpias; el Parlamento Europeo ha descrito la sobrecapacidad como una amenaza para fabricantes europeos por sus efectos sobre competencia y comercio bilateral. 

Reuters también ha informado de la preocupación por la sobrecapacidad en sectores como acero, carbón y solar, así como de los intentos de Pekín de contener esos excesos.

Esto cambia el debate. Europa no puede responder a un sistema con moral fragmentada. Debe responder con sistema.

La Comisión Europea parece haber interiorizado parte de este giro. El Clean Industrial Deal, lanzado en febrero de 2025, se presenta como un plan para convertir la descarbonización en motor de crecimiento industrial, en un contexto de altos costes energéticos y fuerte competencia global. El Net-Zero Industry Act fija como referencia que la capacidad manufacturera europea de tecnologías net-zero se acerque o alcance al menos el 40% de las necesidades anuales de despliegue de la UE para 2030. El Critical Raw Materials Act busca asegurar acceso a materias primas críticas para objetivos climáticos y digitales. Y la estrategia Apply AI pretende reforzar la competitividad de sectores estratégicos y la soberanía tecnológica europea.

La dirección es clara: Europa está intentando pasar de una potencia regulatoria a una potencia regulatoria-industrial. 

Pero el desafío sigue siendo enorme. 

El informe Draghi sobre competitividad europea advierte de presiones estructurales sobre la prosperidad europea: baja productividad, demografía, costes energéticos, mayor competencia global y necesidades inéditas de inversión e innovación para la transición verde y digital. Diversas lecturas del informe han destacado la magnitud de inversión necesaria, en torno a 750.000-800.000 millones de euros anuales.

Aquí aparece la tesis central en su forma geoeconómica:

Europa no puede elegir entre poder y valores. Debe construir poder para poder permitirse valores.


6. Marco RMS: recursos, mecanismos y sistemas

Desde un análisis RMS, la diferencia entre una economía del bien común viable y una retórica impotente se entiende con claridad.

Recursos

Europa posee recursos extraordinarios: mercado único, capital humano, universidades, industria avanzada, capacidad regulatoria, moneda común, instituciones jurídicas y poder normativo. España, en particular, cuenta con recursos valiosos: posición geográfica, pertenencia a la UE y la OTAN, capacidades renovables, infraestructuras logísticas, sectores agroalimentarios, turísticos e industriales relevantes.

Pero tener recursos no basta. El problema europeo no es ausencia de recursos, sino fragmentación. La escala existe, pero no siempre se convierte en poder estratégico. La financiación está dispersa, la política industrial es desigual, los mercados de capitales no están plenamente integrados y la toma de decisiones sigue condicionada por 27 arquitecturas nacionales.

China, en cambio, dispone de menos legitimidad democrática desde una perspectiva liberal, pero mayor capacidad de coordinación estratégica. Sus recursos no actúan como piezas sueltas; se insertan en un modelo de Estado, industria, crédito y tecnología.

Mecanismos

Los mecanismos son la clave. En Europa, la sostenibilidad se ha articulado con frecuencia mediante regulación, reporte, taxonomías y obligaciones de diligencia. Son instrumentos útiles, pero insuficientes si no van acompañados de energía barata, financiación, capacidad industrial, innovación, defensa comercial y escalado tecnológico.

Tirole obligaría a preguntar: ¿qué incentivos producen estos mecanismos?, ¿a quién cargan costes?, ¿qué empresas pueden cumplir?, ¿qué actores quedan expulsados?, ¿qué competidores externos se benefician?, ¿cómo se evita la captura?

Mazzucato añadiría otra pregunta: ¿qué misión pública organiza la inversión y la coordinación? Si la misión es transición energética, debe integrar industria, red eléctrica, minerales críticos, formación, financiación, innovación y protección social. Si solo produce informes de sostenibilidad, no transforma el sistema.

Sistemas

El sistema europeo necesita pasar de una lógica de cumplimiento a una lógica de capacidad. El bien común no puede depender solo de indicadores, estándares o principios. Debe conectarse con presupuestos, banca pública, política de competencia, contratación pública, política industrial, innovación, defensa comercial y legitimidad democrática.

La secuencia correcta no es:valores → intervención → bien común

Sino:arquitectura → capacidad → incentivos → resultados → legitimidad

O, en una versión más operativa:

arquitectura → misiones → incentivos → reparto

Primero se construye capacidad. Después se orienta. Luego se diseñan incentivos. Finalmente se reparte el valor creado de forma legítima.


7. Pensamiento sistémico: los bucles del bien común

Desde el pensamiento sistémico, el riesgo de una economía del bien común mal diseñada es que active bucles perversos.

Un primer bucle es el de la sobrerregulación competitiva: más obligaciones → más costes administrativos → menor inversión productiva → menor competitividad → menor base fiscal → menor capacidad de financiar el bien común → más rechazo político a la sostenibilidad.

Un segundo bucle es el de la captura moral: conceptos nobles → indicadores complejos → dependencia de consultoras y certificadoras → cumplimiento formal → poca transformación real → descrédito ciudadano.

Un tercer bucle es el de la desindustrialización verde: Europa endurece estándares → industrias trasladan producción o pierden cuota → Europa importa tecnologías limpias producidas fuera → bajan emisiones territoriales, pero sube dependencia estratégica → la transición se vuelve geopolíticamente frágil.

Pero también existe un bucle virtuoso si la arquitectura se diseña bien:

inversión estratégica → capacidad industrial limpia → empleo cualificado → legitimidad social → mayor recaudación → más inversión → más autonomía → más capacidad de sostener estándares altos.

Ese es el verdadero bien común: no una moralidad declarada, sino una trayectoria institucional capaz de reproducirse.


8. La síntesis necesaria: Tirole + Mazzucato + Rawls + Sen + Felber

La solución no es elegir entre Tirole y Mazzucato, ni entre mercado y Estado. La síntesis europea debe ser más exigente.

Rawls es necesario para no olvidar la legitimidad. Una transición que destruye cohesión social termina debilitándose políticamente.

Sen es necesario para recordar que el bienestar no se reduce a PIB, productividad o competitividad: incluye capacidades reales.

Felber puede servir como brújula moral, siempre que no sustituya al diseño institucional.

Mazzucato es imprescindible para construir capacidad pública, orientar misiones y evitar que el Estado se limite a reparar fallos después de que ocurran.

Pero Tirole es necesario para evitar la ingenuidad regulatoria. Sin incentivos bien diseñados, competencia protegida, evaluación rigurosa y control de captura, el bien común se convierte fácilmente en eslogan, burocracia o daño colateral.

La fórmula europea debe ser:

Tirole para no caer en ingenuidad regulatoria; Mazzucato para construir capacidad donde el mercado no llega; Rawls y Sen para preservar legitimidad, capacidades y cohesión; Felber como brújula moral, no como sustituto de una arquitectura de poder.


Conclusión

El nuevo Consejo Global para una Economía del Bien Común puede ser útil como espacio normativo y de agenda si ayuda a orientar debates sobre desigualdad, poder tecnológico, vivienda, transición ecológica y legitimidad democrática. Pero será débil, e incluso contraproducente, si cae en tres errores: pensar que la moral sustituye a la arquitectura; hablar de intervención sin diseño institucional serio; y olvidar que Europa compite en un entorno de rivalidad sistémica donde otros actores no aceptan ni simetría ni neutralidad.

El paquete Ómnibus I demuestra que incluso la Unión Europea ha tenido que ajustar su ambición regulatoria a una restricción estratégica: la sostenibilidad no puede diseñarse como si la competitividad fuera secundaria. La transición ecológica necesita valores, pero también industria; necesita estándares, pero también energía asequible; necesita reporting, pero también inversión; necesita justicia, pero también poder.

Por eso Tirole sigue siendo más sólido en la fase de implementación. No porque sustituya la pregunta moral, sino porque obliga a pasarla por la prueba de realidad: incentivos, competencia, información imperfecta, captura, costes de oportunidad y efectos de segundo orden.

La economía del bien común solo es viable como capa normativa insertada dentro de una arquitectura fuerte. No como sustituto.

La frase final sería:

Sin arquitectura, el bien común se vuelve sacrificio unilateral. Con arquitectura, puede convertirse en contrato social sostenible

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Indicadores del bien común: la batalla por medir el poder VS Diseñar buenos incentivos dentro de restricciones reales

  Necesitamos indicadores de valor centrados en el bien común,con principios operativos organizados en torno a la justicia, la igualdad, la sostenibilidad y la solidaridad global

Más allá del PIB: cómo medir el bienestar en un mundo sin reglas comunes

Idea central

“Indicadores de valor centrados en el bien común” significa dejar de medir el éxito económico solo por PIB, déficit, deuda, inversión privada o productividad agregada, y empezar a medir si una economía aumenta la capacidad colectiva de vivir bien dentro de límites sociales, ecológicos y geopolíticos sostenibles.

Mazzucato y el nuevo Consejo para una Economía del Bien Común lo formulan alrededor de cuatro principios: justicia, igualdad, sostenibilidad y solidaridad global. El Consejo fue lanzado en abril de 2026 junto al gobierno español, con Mariana Mazzucato y Carlos Cuerpo como figuras centrales.

Los expertos sistémicos no verían los indicadores como “termómetros”, sino como palancas que cambian el comportamiento del sistema. También distinguiré entre lo que funciona dentro de un Estado y lo que puede coordinarse sin autoridad global vinculante.

Una primera conclusión sistémica: sin autoridad global, el problema no es “diseñar el indicador perfecto”, sino diseñar un ecosistema de indicadores que genere aprendizaje, presión reputacional y coordinación sin convertirse en imposición tecnocrática.


Propuesta de expertos 

Mariana Mazzucato

Propone pasar de un Estado “corrector de fallos de mercado” a un Estado creador de mercados, capaz de orientar inversión pública y privada hacia misiones: energía limpia, salud, agua, vivienda, resiliencia industrial.

Su idea de valor público no pregunta solo:

“¿Cuánto crece la economía?”

Sino:

“¿Quién crea valor, quién lo captura y con qué finalidad colectiva?”


Kate Raworth — Economía del Dónut

Raworth propone medir el progreso dentro de dos límites:

  • una base social mínima: salud, educación, vivienda, energía, agua, igualdad, participación;
  • un techo ecológico: clima, biodiversidad, uso de materiales, contaminación, límites planetarios.

La Doughnut Economics Action Lab define el objetivo como satisfacer las necesidades de todas las personas dentro de los medios del planeta.

Este enfoque es muy compatible con “bien común”: no basta con crecer; hay que crecer, decrecer o redirigir según el impacto social y ecológico.


Amartya Sen y Martha Nussbaum — Enfoque de capacidades

Su pregunta central no es “cuánto ingreso tiene una persona”, sino:

“¿Qué puede realmente hacer y ser?”

Indicadores derivados:

  • esperanza de vida;
  • educación real;
  • libertad política;
  • seguridad;
  • autonomía;
  • participación social;
  • igualdad de género;
  • acceso a bienes esenciales.

Este enfoque influyó en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD.


PNUD — IDH ajustado por presiones planetarias

El PNUD ya no mide solo desarrollo humano clásico. Su Planetary pressures–adjusted HDI ajusta el IDH según emisiones de CO₂ y huella material por persona. Es decir: un país puede tener alto desarrollo humano, pero si lo consigue destruyendo la base ecológica global, su puntuación debe caer.


OCDE — Beyond GDP / Well-being Framework

La OCDE sostiene que el PIB no dice si la vida mejora, para quién mejora ni si el progreso es sostenible. Su marco de bienestar mide condiciones materiales, calidad de vida, desigualdad y recursos sistémicos para el futuro.


Joseph Stiglitz, Jean-Paul Fitoussi y Amartya Sen

Defendieron que medir solo producción económica distorsiona la política pública. Su línea de trabajo alimenta el movimiento Beyond GDP: bienestar, desigualdad, sostenibilidad, seguridad económica y calidad democrática.


Christian Felber — Economía del Bien Común

Felber propone que empresas y países sean evaluados mediante un balance del bien común, no solo por beneficios financieros. Sus criterios incluyen dignidad humana, solidaridad, justicia social, sostenibilidad ecológica y democracia interna.


Qué indicadores harían falta

A. Justicia

Mediría si el sistema distribuye riesgos, beneficios y poder de forma legítima.

Indicadores posibles:

  • acceso efectivo a justicia;
  • protección laboral;
  • fiscalidad progresiva;
  • evasión y elusión fiscal;
  • corrupción;
  • poder de negociación sindical;
  • concentración de mercado;
  • captura regulatoria;
  • reparto de beneficios entre salarios, inversión y dividendos.

Indicador RMS clave

Ratio de valor compartido público-privado:cuánto valor creado con apoyo público retorna a la sociedad mediante precios justos, empleo, impuestos, innovación abierta o reinversión.


B. Igualdad

No basta con medir pobreza. Hay que medir estructura de oportunidades.

Indicadores:

  • Gini de renta y riqueza;
  • movilidad social;
  • brecha salarial de género;
  • acceso a vivienda;
  • acceso a educación temprana;
  • calidad sanitaria por territorio;
  • desigualdad digital;
  • concentración patrimonial;
  • deuda de hogares.

Indicador sistémico clave

Índice de reproducción de desigualdad:cuánto condiciona el origen familiar el destino educativo, laboral y patrimonial.


C. Sostenibilidad

Debe medir si la economía opera dentro de límites biofísicos.

Indicadores:

  • emisiones absolutas;
  • emisiones per cápita;
  • huella material;
  • dependencia energética externa;
  • agua disponible;
  • degradación de suelos;
  • biodiversidad;
  • circularidad industrial;
  • resiliencia climática;
  • inversión en adaptación.

El marco del Dónut ya usa esta lógica: bienestar social dentro de límites planetarios. Un artículo de Nature de 2025 actualizó este marco con 35 indicadores para medir privación social y sobrepasamiento ecológico entre 2000 y 2022.


D. Solidaridad global

Aquí está la parte más geopolítica. Una economía del bien común no puede limitarse al bienestar nacional si externaliza costes al Sur Global.

Indicadores:

  • huella de carbono importada;
  • huella material importada;
  • condiciones laborales en cadenas de suministro;
  • transferencia tecnológica;
  • financiación climática;
  • alivio o reestructuración de deuda;
  • acceso global a medicamentos;
  • inversión en bienes públicos globales;
  • dependencia extractiva de países pobres.

Indicador geoeconómico clave

Índice de externalización imperial:cuánto bienestar interno depende de costes ecológicos, laborales o financieros trasladados a terceros países.


 Estrategia: cómo convertirlo en política real

1. Presupuestos públicos orientados a misión

No presupuestar por ministerios aislados, sino por misiones:

  • transición energética;
  • vivienda asequible;
  • seguridad hídrica;
  • salud preventiva;
  • autonomía tecnológica;
  • cuidados;
  • soberanía alimentaria.

Cada misión tendría indicadores sociales, ecológicos, fiscales e industriales.


 Condicionalidad pública

Toda ayuda pública a empresas debería exigir retornos:

  • límites a recompras de acciones;
  • reinversión productiva;
  • empleo digno;
  • reducción de emisiones;
  • transferencia tecnológica;
  • precios accesibles;
  • participación pública en beneficios extraordinarios.

Esto conecta directamente con Mazzucato: si el Estado asume riesgo, también debe participar en la recompensa.


 Nuevo cuadro de mando nacional

Un país debería tener tres tableros:

Tablero económico clásico

PIB, inflación, deuda, empleo, productividad.

Tablero de bien común

salud, vivienda, igualdad, cohesión, educación, cuidados, seguridad.

Tablero biofísico-geopolítico

energía, agua, materiales críticos, emisiones, dependencia externa, resiliencia industrial.

La clave es que los tres sean vinculantes. Si el PIB sube pero la vivienda, el agua o la cohesión social empeoran, no debería considerarse éxito.


Reforma financiera

El crédito debería distinguir entre:

  • inversión productiva-transformadora;
  • especulación inmobiliaria;
  • extracción de rentas;
  • transición ecológica real;
  • dependencia externa.

Un banco central o banco público de inversión podría favorecer financiación hacia misiones estratégicas.


Análisis geopolítico

Este debate no es solo moral. Es poder.

Los países que midan y construyan bien común pueden ganar:

  • mayor resiliencia energética;
  • menor dependencia de shocks externos;
  • mayor legitimidad interna;
  • menor polarización;
  • ventaja industrial verde;
  • autonomía tecnológica;
  • mayor capacidad negociadora internacional.

España aparece en el artículo como ejemplo porque la inversión renovable reduce vulnerabilidad ante crisis energéticas. La idea geopolítica es clara: la sostenibilidad se convierte en seguridad nacional.


Análisis geoeconómico

El viejo modelo geoeconómico medía poder como:

PIB + exportaciones + capital financiero + control monetario.

El nuevo modelo añadiría:

resiliencia energética + control tecnológico + cohesión social + autonomía fiscal + sostenibilidad material.

Un país rico pero con vivienda inaccesible, dependencia energética, deuda privada alta y polarización política puede parecer fuerte en PIB, pero ser sistémicamente frágil.


 Análisis RMS

Recursos

Los recursos estratégicos ya no son solo capital, fábricas o materias primas.

Son también:

  • confianza institucional;
  • capacidad estatal;
  • datos públicos;
  • energía limpia;
  • agua;
  • talento;
  • salud colectiva;
  • cohesión social;
  • legitimidad democrática;
  • soberanía financiera.

Mecanismos

Los mecanismos para activar esos recursos:

  • política industrial;
  • contratación pública;
  • banca pública;
  • regulación;
  • fiscalidad;
  • condicionalidad;
  • indicadores de misión;
  • alianzas público-privadas con retorno social.

Sistemas

El sistema final buscado es una economía donde:

  • el mercado innova;
  • el Estado orienta;
  • la sociedad evalúa;
  • las finanzas sirven;
  • la naturaleza impone límites;
  • el valor se reparte más justamente.

Pensamiento sistémico

Bucle vicioso actual

Austeridad → menor inversión pública → peor salud, educación, vivienda e infraestructuras → menor productividad → menor recaudación → más austeridad.

Bucle de desigualdad

Concentración de riqueza → influencia política → reglas favorables al capital → más concentración → menor movilidad social.

Bucle ecológico

Crecimiento extractivo → degradación ambiental → crisis climáticas → gasto público defensivo → menor inversión transformadora → más vulnerabilidad.

Bucle virtuoso del bien común

Inversión pública estratégica → mejores capacidades sociales e industriales → mayor productividad sostenible → más ingresos públicos → más inversión → mayor resiliencia.

Los indicadores del bien común son necesarios, pero no pueden funcionar como una “constitución económica global” si no existe una arquitectura supranacional con capacidad coercitiva. En ese contexto, deben funcionar como infraestructura de coordinación, no como norma universal obligatoria.

Es decir: sin un nuevo Bretton Woods, sin gobierno económico mundial y con países de arquitecturas muy distintas, los indicadores del bien común solo serán eficaces si operan como sistemas de aprendizaje, comparación, presión reputacional, condicionalidad financiera y coordinación policéntrica.

El bien común no se construye solo midiendo mejor, sino alineando incentivos: mínimos globales, adaptación nacional, gobernanza policéntrica, auditoría independiente, deliberación democrática y conexión real con presupuestos, finanzas, regulación y política industrial.


 Donella Meadows: los indicadores no son neutrales

Donella Meadows, una de las grandes referentes del pensamiento sistémico, diría que los indicadores son parte del sistema de información que permite a una sociedad entender, decidir y actuar. Para ella, los indicadores no solo describen la realidad: también la moldean. En su trabajo sobre indicadores de sostenibilidad, defendía que los indicadores de desarrollo no debían limitarse al crecimiento, sino incluir eficiencia, suficiencia, equidad y calidad de vida; y que los indicadores de sostenibilidad debían incorporar tiempo y umbrales, no solo datos ambientales sueltos.

La frase clave, atribuida a Meadows, sería:“Medimos lo que valoramos, y acabamos valorando lo que medimos.”

Aplicado al bien común: si un país mide solo PIB, déficit, inversión extranjera y competitividad, tenderá a construir políticas para maximizar esos objetivos. Si mide vivienda asequible, salud preventiva, seguridad energética, desigualdad patrimonial, dependencia tecnológica y resiliencia ecológica, cambiará el comportamiento del sistema.

Pero Meadows también advertiría algo importante: cambiar indicadores es una palanca intermedia, no la más profunda. En su marco de “puntos de palanca”, las reglas del sistema, sus objetivos y sus paradigmas son palancas más profundas que los números.

Conclusión Meadows:Los indicadores del bien común solo funcionan si van unidos a una redefinición del objetivo del sistema económico. No basta con añadir métricas sociales al PIB; hay que cambiar la finalidad del sistema.


 Goodhart y Campbell: cuidado con convertir el bien común en una métrica manipulable

Los expertos sistémicos serían muy escépticos ante un “índice único del bien común”.

La razón es la Ley de Goodhart:Cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.

La formulación se usa ampliamente para explicar cómo los indicadores pueden ser manipulados cuando se vinculan a premios, sanciones o legitimidad política.

Donald Campbell formuló una advertencia parecida: cuanto más se usa un indicador cuantitativo para tomar decisiones sociales, más expuesto queda a presiones de corrupción y más puede distorsionar el proceso social que pretende medir.

Aplicado al bien común:

  • Si se premia a países por “reducción de pobreza”, pueden alterar umbrales estadísticos.
  • Si se premia “empleo creado”, pueden proliferar empleos precarios.
  • Si se premia “energía verde”, puede ocultarse dependencia de minerales críticos extraídos en condiciones injustas.
  • Si se premia “baja deuda pública”, puede castigarse inversión productiva necesaria.
  • Si se premia “baja emisión territorial”, puede externalizarse la contaminación mediante importaciones.

Conclusión sistémica:

Los indicadores del bien común deben ser tableros multidimensionales, no rankings únicos. Y deben incluir auditoría, revisión, deliberación pública y contrapesos cualitativos.


Ostrom: sin gobierno mundial, la solución es policéntrica

Elinor Ostrom sería probablemente la referencia más importante para tu pregunta. Ella criticó la idea de que los problemas globales requieran necesariamente una única autoridad global centralizada. En su trabajo sobre gobernanza policéntrica, argumentó que los problemas de acción colectiva global —como el clima— pueden abordarse mediante múltiples centros de decisión: Estados, regiones, ciudades, comunidades, empresas, redes científicas, bancos públicos, tribunales, acuerdos sectoriales y normas privadas.

Ostrom estudió cómo comunidades gestionan bienes comunes sin depender siempre ni del mercado puro ni del Estado central. Sus principios incluyen límites claros, reglas adaptadas a condiciones locales, mecanismos de monitoreo, sanciones graduadas, resolución de conflictos y reconocimiento del derecho a autoorganizarse.

Aplicado a indicadores del bien común:No habría un único sistema global obligatorio, sino una arquitectura policéntrica de indicadores interoperables.

Eso significa:

  • un núcleo común mínimo global;
  • adaptación nacional;
  • adaptación regional/local;
  • revisión por pares;
  • transparencia pública;
  • aprendizaje entre países;
  • presión reputacional;
  • condicionalidad financiera;
  • estándares sectoriales;
  • acuerdos entre clubes de países.

Sin nuevo Bretton Woods, los indicadores no mandan por jerarquía. Mandan por red, comparación, reputación, financiación, acceso a mercados y legitimidad.


John Sterman: el peligro es la resistencia de políticas

John Sterman, referente en dinámica de sistemas, pondría el foco en la resistencia de políticas: las intervenciones bienintencionadas pueden fracasar porque el sistema responde de forma no lineal, con retrasos, bucles de retroalimentación y efectos secundarios. En sus trabajos, Sterman vincula esa resistencia a la “complejidad dinámica”: el comportamiento contraintuitivo que surge de interacciones entre agentes a lo largo del tiempo.

Aplicado al bien común:Un indicador puede producir el efecto contrario al buscado.

Ejemplos:

  • Medir solo emisiones nacionales → deslocalización industrial sucia.
  • Medir solo igualdad de ingresos → descuidar riqueza patrimonial.
  • Medir solo acceso educativo → inflación de credenciales.
  • Medir solo inversión verde → burbujas especulativas ESG.
  • Medir solo productividad → presión laboral y deterioro social.

Conclusión Sterman:Los indicadores deben construirse con modelos causales, no como listas aisladas. Hay que preguntar: ¿qué bucles activará este indicador?, ¿quién lo manipulará?, ¿qué efectos aparecerán en cinco, diez o veinte años?


Qué dirían sobre países con arquitecturas distintas

Aquí está el punto más delicado: no todos los Estados pueden usar los mismos indicadores de la misma manera.

Democracias liberales desarrolladas

Pueden tener buena capacidad estadística, tribunales, prensa libre y contrapesos. Eso permite indicadores sofisticados de desigualdad, vivienda, clima, salud, innovación o calidad institucional.

Pero tienen problemas propios:

  • ciclos electorales cortos;
  • captura regulatoria;
  • polarización;
  • resistencia de lobbies;
  • fragmentación administrativa.

En estos países, los indicadores del bien común deberían vincularse a presupuestos, contratación pública, bancos de inversión, evaluación parlamentaria y planificación de largo plazo.


Estados desarrollistas o tecnocráticos

Pueden ejecutar misiones con más rapidez: infraestructura, energía, industria, tecnología, salud pública.

Pero tienen otros riesgos:

  • manipulación estadística;
  • falta de deliberación pública;
  • castigo a burócratas por no cumplir objetivos;
  • ocultación de fallos;
  • sobreinversión en sectores políticamente elegidos.

Aquí los indicadores deberían incluir mecanismos independientes de verificación, datos abiertos y señales cualitativas desde territorios y ciudadanía.


Estados federales o descentralizados

Países como España, Alemania, India, Brasil o Estados Unidos tienen múltiples niveles de gobierno. En estos casos, un indicador nacional puede ocultar diferencias territoriales profundas.

Por ejemplo:

  • buena media nacional de salud, pero regiones con colapso sanitario;
  • buena transición energética agregada, pero territorios sacrificados;
  • crecimiento nacional con despoblación regional;
  • bajo desempleo nacional con precariedad juvenil localizada.

Aquí la clave sistémica es usar indicadores anidados:

municipio → región → Estado → bloque regional → sistema global.


Estados rentistas o dependientes de recursos naturales

En países petroleros, gasistas, mineros o dependientes de commodities, el PIB puede crecer mientras se destruye capital natural, se concentra poder y se debilita la diversificación productiva.

Los indicadores del bien común deberían medir:

  • agotamiento de recursos;
  • dependencia fiscal de rentas extractivas;
  • diversificación industrial;
  • distribución intergeneracional;
  • corrupción;
  • impacto territorial;
  • soberanía tecnológica;
  • vulnerabilidad climática.

Aquí el indicador clave no es solo “crecimiento”, sino:

¿el país está convirtiendo renta natural finita en capacidades sociales, tecnológicas e institucionales duraderas?


Estados frágiles o de baja capacidad

En estos casos, un marco sofisticado puede ser contraproducente. Puede convertirse en una herramienta de donantes internacionales, consultoras y élites administrativas, sin mejorar la vida real.

Aquí los indicadores deberían ser pocos, robustos y verificables:

  • nutrición;
  • agua;
  • electricidad;
  • seguridad física;
  • salud primaria;
  • escolarización efectiva;
  • precios básicos;
  • capacidad fiscal;
  • corrupción;
  • deuda;
  • resiliencia alimentaria.

Conclusión sistémica:En países frágiles, el primer bien común es la capacidad estatal mínima para sostener funciones básicas.


 Sin instituciones supranacionales vinculantes: ¿qué queda?

Queda una gobernanza débil, pero no inexistente.

Los ODS de Naciones Unidas son un buen ejemplo: no son jurídicamente vinculantes, aunque se espera que los gobiernos los incorporen en marcos nacionales. Los países presentan Revisiones Nacionales Voluntarias para mostrar avances y aprendizajes, pero no existe una autoridad global fuerte que castigue incumplimientos de forma sistemática.

Por tanto, sin nuevo Bretton Woods, los indicadores del bien común funcionarían mediante cinco mecanismos:

1. Reputación

Rankings, informes comparativos, revisiones por pares, presión científica, medios y sociedad civil.

2. Financiación

Bancos públicos, bancos multilaterales, fondos climáticos, bonos sostenibles y agencias de desarrollo pueden condicionar crédito a indicadores de transición, igualdad o resiliencia.

3. Acceso a mercados

Bloques como la UE pueden usar estándares ambientales, laborales o de trazabilidad como condición de entrada.

4. Clubes de países

Alianzas voluntarias entre países con objetivos similares: hidrógeno verde, minerales críticos, fiscalidad corporativa, transición energética, salud pública, inteligencia artificial.

5. Normas privadas y sectoriales

Empresas, aseguradoras, fondos soberanos, certificadoras y cadenas de suministro pueden imponer métricas, aunque esto abre riesgos de captura privada.


6. El riesgo geopolítico: indicadores como poder

Un experto sistémico advertiría que los indicadores del bien común también pueden convertirse en instrumentos de poder.

Quién define el indicador define parcialmente la realidad legítima.

Ejemplos:

  • Si el Norte Global define “sostenibilidad” sin incluir deuda histórica climática, el indicador será injusto.
  • Si se mide solo emisión territorial, se oculta la emisión incorporada en importaciones.
  • Si se exige transición verde sin transferencia tecnológica, se penaliza al Sur Global.
  • Si se mide gobernanza con criterios occidentales rígidos, se puede ignorar capacidad estatal real.
  • Si China, EE. UU. o la UE crean estándares incompatibles, los indicadores pueden fragmentar el comercio mundial.

Aquí aparece una tensión central:

Los indicadores del bien común pueden servir para democratizar la economía global o para crear nuevas formas de jerarquía geoeconómica.


7. Análisis RMS

Recursos

Los indicadores del bien común necesitan recursos que no son solo técnicos:

  • datos fiables;
  • institutos estadísticos independientes;
  • confianza institucional;
  • capacidad fiscal;
  • administración pública competente;
  • ciencia abierta;
  • sociedad civil;
  • sistemas judiciales;
  • soberanía digital;
  • acceso a financiación.

Sin esos recursos, el indicador es decoración.


Mecanismos

Los mecanismos que convierten indicadores en acción son:

  • presupuestos orientados a misión;
  • condicionalidad pública;
  • contratación pública estratégica;
  • fiscalidad verde y progresiva;
  • bancos públicos de inversión;
  • auditorías independientes;
  • evaluación ciudadana;
  • modelos de escenarios;
  • comparación internacional;
  • sanciones reputacionales;
  • incentivos financieros.

El indicador no cambia nada si no está conectado a un mecanismo de decisión.


Sistemas

El sistema global real no sería un gobierno mundial del bien común. Sería más bien una arquitectura fragmentada:

  • ODS no vinculantes;
  • acuerdos climáticos imperfectos;
  • bloques comerciales;
  • bancos multilaterales;
  • ciudades globales;
  • agencias estadísticas;
  • fondos soberanos;
  • reguladores financieros;
  • empresas transnacionales;
  • sociedad civil;
  • redes científicas.

Por eso, la estrategia viable es policéntrica: muchos nodos, reglas parcialmente compatibles y aprendizaje continuo.


8. Pensamiento sistémico: bucles principales

Bucle virtuoso

Indicadores bien diseñados → mejor información pública → mejores decisiones → mayor confianza → mayor cumplimiento → mejores resultados → más legitimidad del sistema.

Bucle vicioso

Indicadores impuestos externamente → rechazo político → manipulación de datos → pérdida de confianza → polarización → incumplimiento → descrédito del bien común.

Bucle de captura

Indicadores complejos → dependencia de consultoras y certificadoras → captura técnica → pérdida de control democrático → indicadores al servicio de élites.

Bucle geopolítico

Estándares verdes del Norte → costes de adaptación para el Sur → acusaciones de proteccionismo → fragmentación comercial → menor cooperación climática.

Bucle de aprendizaje policéntrico

Experimentos locales → comparación entre territorios → difusión de buenas prácticas → adaptación nacional → cooperación entre países → mejora gradual sin autoridad mundial.


9 Qué arquitectura de indicadores tendría más sentido

Un enfoque sistémico evitaría un índice único y propondría tres capas.

Capa 1: mínimos universales

Pocos indicadores comparables globalmente:

  • esperanza de vida saludable;
  • pobreza material;
  • acceso a agua, energía, vivienda y alimentación;
  • emisiones absolutas y per cápita;
  • huella material;
  • desigualdad de renta y riqueza;
  • calidad institucional;
  • deuda y vulnerabilidad externa;
  • educación efectiva;
  • seguridad física.

Capa 2: indicadores adaptados al país

Cada país añade métricas según su arquitectura:

  • España: vivienda, agua, dependencia energética, cohesión territorial, productividad, envejecimiento.
  • China: deuda local, empleo juvenil, innovación, desigualdad rural-urbana, seguridad energética.
  • India: agua, empleo informal, contaminación, urbanización, infraestructura básica.
  • países petroleros: diversificación, agotamiento de recursos, empleo nacional, transición post-fósil.
  • países africanos: electrificación, soberanía alimentaria, deuda, industrialización, adaptación climática.

Capa 3: indicadores de responsabilidad global

Para evitar hipocresía nacional:

  • emisiones importadas;
  • huella material importada;
  • minerales críticos;
  • condiciones laborales en cadenas de suministro;
  • transferencia tecnológica;
  • financiación climática;
  • evasión fiscal internacional;
  • contribución a bienes públicos globales.

10 Riesgos y críticas

El enfoque tiene riesgos reales:

  • puede convertirse en retórica sin indicadores vinculantes;
  • puede justificar intervencionismo ineficiente;
  • requiere Estados capaces, no solo Estados grandes;
  • puede ser capturado por empresas subvencionadas;
  • medir “bien común” puede volverse tecnocrático si no hay participación ciudadana;
  • diferentes países no comparten la misma definición de justicia o solidaridad global.

La solución no es abandonar el enfoque, sino hacerlo operativo, auditable y democrático.


11. Cambiar el sistema de métricas versus diseñar buenos incentivos dentro de restricciones reales.

Tirole no parte tanto de “cambiar el paradigma económico” como de una pregunta más operacional:

¿Cómo diseñamos reglas, incentivos, mercados e instituciones para que individuos, empresas y Estados actúen de forma compatible con el interés general?

Tirole recibió el Nobel de Economía en 2014 por su análisis del poder de mercado y la regulación, lo cual explica mucho su enfoque: su preocupación central es cómo regular actores con poder, información privilegiada o incentivos desalineados.


Mazzucato vs. Tirole

Mazzucato / economía de misiones

Mazzucato diría:El bien común exige redefinir qué entendemos por valor, orientar la economía mediante misiones públicas y reconstruir la capacidad del Estado.

Su foco está en:

  • dirección pública de la inversión;
  • creación colectiva de valor;
  • condicionalidad pública;
  • misiones intersectoriales;
  • transición energética;
  • justicia social;
  • nuevos indicadores más allá del PIB.

Es una tesis más macro-institucional y transformadora.


Tirole / economía del bien común

Tirole diría algo más prudente:El bien común no se consigue con buenas intenciones, sino con instituciones que alineen los incentivos privados con los objetivos sociales.

Su foco está en:

  • fallos de mercado;
  • fallos del Estado;
  • incentivos;
  • regulación;
  • competencia;
  • información asimétrica;
  • captura regulatoria;
  • externalidades;
  • diseño institucional.

Su libro La economía del bien común trata precisamente de acercar la teoría económica al debate público y cubre temas como Estado, empresa, finanzas, digitalización, innovación, empleo, clima y Europa.


La tesis más pragmática de Tirole

Para Tirole, el problema no es “mercado o Estado”. Es qué combinación de mercado, Estado, regulación e incentivos produce mejores resultados sociales.

Una reseña sintetiza bien su postura: Tirole rechaza tanto la supremacía del mercado como la supremacía del Estado; la economía debe estar al servicio del bien común.

Esto es clave.

Tirole no es neoliberal puro ni estatista. Su posición sería:

Los mercados son útiles, pero fallan. El Estado es necesario, pero también falla. La tarea de la economía es diseñar instituciones que reduzcan ambos tipos de fallo.


Comparación directa

TemaMazzucato / misionesTirole / bien común pragmático
Papel del EstadoCreador y moldeador de mercadosRegulador, corrector y diseñador de incentivos
Problema centralFalta de dirección pública y captura privada del valorFallos de mercado, información, incentivos y poder
Bien comúnProyecto político-económico colectivoResultado de reglas que alinean intereses
IndicadoresNuevas métricas de valor públicoMétricas útiles si mejoran decisiones e incentivos
Riesgo principalEstado débil o capturado por empresasIntervención mal diseñada o capturada
MétodoMisiones, inversión pública, condicionalidadRegulación, competencia, impuestos, contratos
EstiloTransformadorPragmático-institucional
Teoría baseEconomía política, innovación, valor públicoOrganización industrial, teoría de juegos, teoría de incentivos

Qué diría Tirole sobre los indicadores del bien común

Tirole probablemente no rechazaría los indicadores de justicia, igualdad, sostenibilidad o solidaridad global. Pero haría varias advertencias.

A. Un indicador no basta si no cambia incentivos

Para Tirole, medir desigualdad, emisiones o bienestar es útil solo si esos datos se conectan con mecanismos reales:

  • impuestos;
  • precios;
  • regulación;
  • subsidios;
  • contratos públicos;
  • competencia;
  • sanciones;
  • transparencia;
  • responsabilidad institucional.

Diría algo así:Un indicador sin mecanismo de acción es información decorativa.

Por ejemplo, medir emisiones no reduce emisiones. Lo que cambia conductas es poner precio al carbono, regular tecnologías contaminantes, subvencionar innovación limpia o imponer estándares verificables.


B. Cuidado con los indicadores morales demasiado vagos

Tirole sería escéptico ante términos como “bien común”, “justicia” o “solidaridad” si no se traducen en variables operativas.

No porque sean irrelevantes, sino porque pueden volverse:

  • retórica política;
  • señalización moral;
  • burocracia;
  • captura por grupos de interés;
  • indicadores manipulables;
  • objetivos imposibles de comparar.

Desde su perspectiva, cada indicador debe responder a preguntas concretas:

  • ¿qué fallo corrige?
  • ¿qué incentivo modifica?
  • ¿quién lo mide?
  • ¿quién puede manipularlo?
  • ¿qué coste tiene cumplirlo?
  • ¿qué efectos secundarios genera?
  • ¿qué trade-off implica?

C. El bien común requiere compatibilidad de incentivos

Esta es quizá la gran diferencia con enfoques más normativos.

Mazzucato pregunta:¿Qué economía queremos construir?

Tirole pregunta:

Dado que los actores tienen intereses propios, ¿qué reglas hacen que actuar en beneficio propio produzca resultados socialmente deseables?

Esto es mucho más cercano a la teoría económica convencional: teoría de juegos, principal-agente, diseño de mecanismos, economía pública y organización industrial.

 Aplicación al clima: el ejemplo más claro

En clima, un enfoque de misiones puede decir:Necesitamos una misión de transición energética justa.

Tirole diría:

Sí, pero sin un precio al carbono, los incentivos básicos siguen mal alineados.

Tirole ha defendido la importancia de un precio único o común del carbono para internalizar el coste social de las emisiones y evitar el problema del free rider.

Aquí se ve perfectamente su pragmatismo:

  • no basta con declarar objetivos verdes;
  • no basta con medir sostenibilidad;
  • hay que hacer que contaminar sea económicamente costoso;
  • hay que evitar que unos países asuman costes mientras otros se benefician gratis;
  • hay que diseñar reglas creíbles y estables.

 Tirole ante un mundo sin nuevo Bretton Woods

Esta comparación conecta directamente con tu pregunta anterior.

Mazzucato o Raworth pueden proponer nuevos marcos globales de valor. 

Pero Tirole preguntaría:

¿Quién los hará cumplir?

En un mundo sin institución supranacional fuerte, Tirole sería más realista: el bien común global no puede depender solo de acuerdos voluntarios o declaraciones. Necesita mecanismos que reduzcan el incentivo a incumplir.

En clima, por ejemplo, el problema es que cada país tiene incentivos para beneficiarse de los esfuerzos ajenos sin pagar el coste completo. Eso es un problema clásico de bien público global.

La solución tirolesa sería menos “gran pacto moral” y más:

  • precios comunes;
  • clubes climáticos;
  • sanciones comerciales;
  • mecanismos de verificación;
  • transferencias condicionadas;
  • acuerdos sectoriales;
  • contratos creíbles;
  • penalización del free rider.

Es decir: instituciones que hagan racional cooperar.


RMS comparado

Mazzucato / enfoque transformador

Recursos

  • Estado emprendedor;
  • inversión pública;
  • ciencia;
  • tecnología;
  • legitimidad democrática;
  • capacidad fiscal;
  • infraestructuras verdes;
  • instituciones orientadas a misión.

Mecanismos

  • misiones;
  • condicionalidades;
  • bancos públicos;
  • contratación pública estratégica;
  • indicadores de valor público;
  • alianzas público-privadas.

Sistema

Un sistema económico redirigido hacia justicia, igualdad, sostenibilidad y solidaridad global.


Tirole / enfoque pragmático

Recursos

  • información fiable;
  • reguladores competentes;
  • competencia;
  • precios correctos;
  • contratos bien diseñados;
  • instituciones independientes;
  • mercados regulados;
  • incentivos alineados.

Mecanismos

  • regulación sectorial;
  • impuestos pigouvianos;
  • política de competencia;
  • subastas;
  • contratos públicos;
  • supervisión financiera;
  • reglas anti-captura;
  • diseño de mercados;
  • sanciones creíbles.

Sistema

Un capitalismo regulado donde mercado y Estado se corrigen mutuamente.


Pensamiento sistémico comparado

Mazzucato mira el sistema desde la dirección

Su pregunta sistémica sería:¿Hacia dónde está orientado el sistema económico?

Por eso habla de misiones: clima, salud, agua, energía, vivienda, seguridad alimentaria.

Su riesgo: puede subestimar los problemas de implementación, captura, burocracia o información dispersa.


Tirole mira el sistema desde los incentivos

Su pregunta sistémica sería:¿Qué comportamientos produce esta arquitectura de reglas?

Por eso estudia monopolios, plataformas, bancos, reguladores, políticos, empresas y consumidores.

Su riesgo: puede quedarse demasiado cerca de la reparación institucional y no cuestionar suficientemente el objetivo profundo del sistema.


Diferencia en la idea de “valor”

Aquí está el punto filosófico central.

Para Mazzucato

El valor es creado colectivamente y debe repartirse de forma justa. Por tanto, hay que redefinir quién crea valor y quién lo captura.

Para Tirole

El valor social aparece cuando las instituciones corrigen las distorsiones entre beneficio privado y bienestar colectivo.

Ejemplo:

  • una empresa puede obtener beneficios contaminando;
  • eso no es valor social, porque traslada costes a otros;
  • el regulador debe corregir esa externalidad;
  • entonces el beneficio privado se acerca más al valor social real.

Tirole no necesita una teoría amplia del “valor público”. Le basta con identificar fallos concretos y corregirlos mediante incentivos.


Qué aportaría Tirole al debate sobre indicadores del bien común

Tirole haría el debate más duro, más técnico y más realista.

Diría que los indicadores deben cumplir cinco condiciones:

1. Ser accionables

No medir todo. Medir aquello que permite decidir.

2. Ser resistentes a manipulación

Si el indicador se convierte en objetivo político, será manipulado.

3. Estar vinculados a incentivos

Un indicador debe activar impuestos, inversión, regulación, sanciones o cambios presupuestarios.

4. Reconocer trade-offs

No hay bien común sin costes. Más igualdad, más transición verde o más seguridad energética pueden implicar sacrificios distributivos.

5. Separar objetivos políticos de instrumentos económicos

La sociedad elige fines. La economía ayuda a elegir medios eficientes.

Esta última idea es muy tirolesa: los economistas no deben sustituir a la democracia, pero sí deben explicar consecuencias, costes, incentivos y efectos no deseados.


Crítica de Tirole a una economía del bien común demasiado idealista

Desde Tirole, una economía del bien común basada solo en justicia, igualdad, sostenibilidad y solidaridad puede fallar si no responde a estas preguntas:

  • ¿quién decide qué es justo?
  • ¿cómo evitamos la captura por lobbies?
  • ¿qué pasa si los indicadores chocan entre sí?
  • ¿cómo se financia?
  • ¿qué incentivos tienen empresas y ciudadanos?
  • ¿qué ocurre si otros países no cooperan?
  • ¿cómo se castiga el incumplimiento?
  • ¿cómo evitamos que el Estado sea juez y parte?
  • ¿qué información tiene realmente el regulador?

Su crítica no sería moral, sino institucional:El bien común no fracasa por falta de buenos valores; fracasa cuando las reglas permiten comportamientos oportunistas.


Crítica desde Mazzucato a Tirole

A la inversa, Mazzucato podría decir que Tirole es demasiado limitado.

Le criticaría que:

  • acepta demasiado el marco de “fallos de mercado”;
  • ve al Estado más como corrector que como creador;
  • privilegia eficiencia sobre transformación;
  • no aborda suficientemente poder geopolítico, industrial y tecnológico;
  • confía demasiado en mecanismos de precios;
  • puede infravalorar la capacidad pública de orientar mercados.

Desde Mazzucato, el problema no es solo que el mercado falle. Es que el mercado no sabe por sí solo qué futuro construir.


Síntesis útil: combinar ambos enfoques

La mejor estrategia no sería elegir entre Mazzucato y Tirole, sino combinarlos.

Mazzucato aporta dirección

  • misiones;
  • visión de largo plazo;
  • valor público;
  • transformación industrial;
  • inversión estratégica;
  • nuevos indicadores.

Tirole aporta disciplina

  • incentivos;
  • regulación;
  • competencia;
  • control de captura;
  • evaluación de costes;
  • diseño institucional;
  • credibilidad.

La fórmula sería:Mazzucato define la misión; Tirole diseña los incentivos para que la misión no se convierta en retórica, despilfarro o captura.


Conclusión

El paso clave es este: Del PIB como brújula única → a un sistema de indicadores que mida capacidad colectiva, resiliencia, justicia distributiva, sostenibilidad ecológica y responsabilidad global.

En términos RMS: el bien común se convierte en un recurso estratégico, activado por mecanismos institucionales y protegido por sistemas de medición, financiación y gobernanza.

-Los expertos sistémicos dirían:

En un mundo sin autoridad supranacional vinculante, los indicadores del bien común no pueden funcionar como ley global. Deben funcionar como lenguaje común, sistema de aprendizaje, mecanismo de comparación, infraestructura de confianza y herramienta de coordinación policéntrica.

-Pero también advertirían:

Si esos indicadores no incorporan poder, contexto, desigualdad, historia, umbrales ecológicos y riesgo de manipulación, pueden convertirse en una nueva forma de tecnocracia global o de proteccionismo moral del Norte Global.

Tirole haría una advertencia fundamental al debate sobre indicadores del bien común:

No basta con medir lo correcto. Hay que conseguir que los actores tengan incentivos para actuar correctamente.

Su visión es menos épica que la de Mazzucato, pero más operativa. Donde la economía de misiones habla de transformar el sistema, Tirole pregunta cómo evitar que ese sistema transformador sea capturado, manipulado o mal diseñado.

En términos RMS:

Mazzucato piensa el bien común como dirección estratégica del sistema.
Tirole lo piensa como arquitectura de incentivos compatible con el interés general

Una economía del bien común viable requiere mínimos globales compartidos, adaptación a cada arquitectura nacional, gobernanza policéntrica, auditoría independiente, deliberación democrática e incentivos que alineen el interés privado con objetivos públicos, conectando los indicadores con presupuestos, finanzas, regulación y política industrial.

La fórmula más sólida sería:

Mínimos globales comunes + adaptación nacional + gobernanza policéntrica + auditoría independiente + deliberación democrática + incentivos bien diseñados + conexión vinculante con presupuestos, finanzas, regulación y política industria